Las religiosas mexicanas ofrecen esperanza de salvar a una especie.

Por GEOFFREY GILLER

PÁTZCUARO, México — En la cima de la colina más alta de esta ciudad junto a un lago se ubica la basílica de Nuestra Señora de la Salud, construida en el siglo XVI.

En una calle a la vuelta de la esquina de la basílica, una puerta de madera enmarcada en piedra tallada y con una cruz está abierta desde las 9 hasta las 14, y de nuevo entre las 16 y las 18. “Rezamos por ti”, dice un letrero en la puerta.

En el interior, el espacio es austero y oscuro salvo por una ventana de madera y tres puertas cerradas. Tras ellas se halla un convento, hogar de unas dos docenas de monjas de la orden Domínica.

Pero el convento también alberga un número aun mayor de unos residentes inesperados: una próspera colonia de salamandras en peligro de extinción. Los científicos las llaman Ambystoma dumerilii, pero las monjas y todos en Pátzcuaro les llaman achoques.

Atendidos con cuidado por las monjas, unos 300 achoques viven en peceras y tinas de baño blancas que cubren las paredes del convento. Las monjas se sostienen en parte con la venta de un jarabe para la tos elaborado con piel de las salamandras.

Pero los achoques de la basílica son cada vez más valiosos por otro motivo.

No se encuentran en ningún otro hábitat silvestre más que en el lago de Pátzcuaro, y fuera del convento sus números disminuyen con rapidez. Hay colonias en cautiverio en otras partes de Pátzcuaro, pero ninguna tan grande como la de la basílica.

“Es por eso que consideramos que las monjas serán vitales en el futuro”, dijo Gerardo Garci, del zoológico de Chester, en Inglaterra.

Las salamandras tienen piel granulosa color mostaza Dijon. Además son enormes —las más grandes se acercan al medio metro de largo. Pero lo más notable son sus branquias: filamentos suntuosos y rojizos que enmarcan sus cabezas cual melenas y ondulan suavemente en el agua.

En la basílica, su principal cuidadora es la Hermana Ofelia Morales Francisco.

Un achoque en un centro de investigación pesquera en Pátzcuaro. Los achoques viven toda su vida bajo el agua. (Adriana Zehbrauskas for The New York Times.)

Sus peceras están inmaculadas, cada una con un oxigenador burbujeante hecho con la mitad de una botella de plástico de refresco llena de piedras y tela enrollada. En un vitrina de vidrio arriba de las peceras, una figura del niño Jesús vestido de doctor los cuida.

Las hermanas solían hacer el jarabe, que han elaborado durante casi un siglo, con salamandras recolectadas del lago. Cuando empezaron a desaparecer, las monjas establecieron la colonia del convento porque les preocupaba perder el negocio del jarabe.

“¿Qué íbamos a hacer, dejar de producirlo?”, cuestionó la hermana Ofelia. Pero con el tiempo, ella y otras monjas también llegaron a reconocer un imperativo de conservación en su labor.

“Se trata de proteger a una especie de la naturaleza”, dijo. “Si no trabajamos para cuidarla, para protegerla, desaparecerá de la creación”.

A medida que el número de residentes alrededor del lago de Pátzcuaro, uno de los más grandes de México, ha aumentado de manera constante a través de los siglos, la calidad del agua se ha visto afectada.

Los escurrimientos exacerbados por la deforestación llevan cieno y contaminación al lago. Aún se vierten en éste aguas residuales no tratadas, y jacintos invasivos se diseminan a lo largo de sus orillas. Pasturas para vacas se extienden hasta los márgenes pantanosos del lago.

En los años 30, fueron introducidas intencionalmente lobinas negras en el lago de Pátzcuaro, y en 1974 llegaron las carpas, peces mucho más destructivos. Se comen los huevecillos y las larvas de los achoques.

Entre 1982 y 2010, el lago, ya de por sí poco profundo, decreció casi 4 metros, perdiendo una cuarta parte de su volumen total debido a las menores lluvias y a los crecientes escurrimientos en este cuerpo de agua.

La cantidad de achoques empezó a fluctuar de manera descontrolada en los 80 y se desplomó en 1989.

En 1985, un fraile sugirió que las monjas iniciaran su propia colonia porque el lago se estaba deteriorando, de acuerdo con la hermana Ofelia.

No fue hasta el año 2000 que las monjas tuvieron su propia y próspera comunidad de salamandras en el convento.

A medida que la población ha ido disminuyendo, lo mismo ha sucedido con su diversidad genética. Es ahí donde la colonia del convento podría un día marcar una enorme diferencia, suponiendo que sea genéticamente diversa.

“La orden está dedicada a la investigación del conocimiento teológico y científico en beneficio de la humanidad”, dijo la hermana Ofelia. Parte de la misión de la orden es “trabajar en favor de una conciencia más humana llena de amor y justicia por la naturaleza”.

Con información de: Clarín.com | New York Times International Weekly 

© 2018 The New York Times

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